reloj de arena en un cuarto oscuro

Paranormal 4: la reliquia

Por Luis Cerceta

 

Nunca usé el término “mejor amigo”, se me hacía muy cursi. Prefería uña y mugre; o los dos compadres, como nos decían quienes fueron muriendo y dejaban una silla vacía.

    Teo era el pilar del grupo, o por lo menos eso pensaba yo. Los demás coincidían en que los dos, él y yo. Pero no había punto de comparación: el extrovertido, el carismático y carita, el culto, el diciplinado y victorioso en todo lo que se proponía era él. A mí se me podía apreciar si acaso por contraste a su lado. Yo el introvertido, el tímido, el poco atractivo físicamente, el indeciso.

    Pero nos complementábamos, uña y mugre por la calle, buscando chácharas en los puestos de baratijas, comparando discos o formas de tomar la cerveza o comentando la mejor manera de rasurarnos. No había lugar para el aburrimiento, disfrutábamos mucho las polémicas en torno a cualquier cosa.

    Teníamos un par de años de “conocernos”, pero ya entonces, se puede escuchar cursi, Teo llevaba mi foto en su billetera. Dos muy buenos años que no hubieran podido ser más, y ya verán por qué.

    La llamamos la maldición del club. Alguien nos había echado una brujería, tan poderosa y fatal, que nos estaba matando uno a uno. Eso decíamos con sorna solemne luego que el segundo de nuestros compañeros de alcoholes murió de un ataque fulminante. A dos meses de que el primero hubiese sido atropellado.

    Yo había empezado a malquererlos, pero no tanto que les deseara la muerte. Comencé a tirarles mala vibra conforme Teo me contaba algunos secretos de cada uno. A veces, cuando todos se iban y quedábamos solo él y yo en la mesa, me decía cómo era que de esos dos no se hacía medio, y me señalaba puntualmente los defectos que avalaban su juicio.

    Teo no solo poseía un talento superdotado para notar los dichosos defectos de cada quien, desde el más pequeño hasta el más serio, sino también para hacérselo ver a cualquier interlocutor. Confieso que yo jamás hubiera visto lo que él vio en los camaradas que recién habían fallecido.

    Quedábamos del grupo solo él, Pedro y yo. Y de Pedro ya estaba al tanto de que era infiel, malacopa, problemático, tira verbo, pocos huevos, pretencioso y algunas cosas más lindas. El Pedrito me dijo cierta ocasión que Teo era un demonio, literalmente un demonio. Yo lo escuchaba para divertirme, su capacidad para las jaladas era un anti-talento que también rayaba en la genialidad.

    Me dijo que Teo andaba de tienda rara en tienda rara comprando siempre amuletos o talismanes, buscando objetos mágicos para el mejor hacer de sus brujerías maléficas. Y sí, Teo era un compulsivo de las compras raras, cualquiera podía ver en ello su pasión por lo esotérico, por la astrología y el reiki, pero lo de brujo maléfico entraba en el campo de las mentadas jaladas.

    Insistía Pedrito en que tuviera cuidado, sobre todo con no soltarle fotos mías. Sabía, estaba seguro, que eso tenía que ver con la partida de nuestros no tan queridos camaradas de alcoholes, ya que a ambos les pidió una foto antes de pasar al otro barrio. El mismo Pedro, aun no tan al tanto del asunto, le había dado una foto tamaño credencial cuando Teo se la pidió. Y desde entonces había padecido de mareos, las paredes de los edificios se cerraban cada vez un poco más sobre él y la mirada de caminantes en la calle Morelos era tortuosa.

    –Siento el mundo cada vez más encima, bro.

    Me dijo esa vez casi con lágrimas, y noté que Pedrito también tenía virtudes, pero verlas no era un talento que poseyéramos ninguno del grupo. Le di una palmada en la espalda y le dije, con sinceridad, que estaba agüitado por la muerte de los otros dos, y que el estrés había sido traumático para todos, y que todos lo estábamos padeciendo, seguro también el mismo Teo, que en esos días ya se había distanciado un poco del club.

    Yo comenzaba a sentir la sensación de vértigo y ansiedad que me describiera Pedrito. Y en algunas noches me levantaba con fiebre, maldiciendo el día en que le di mi foto a Teo, convencido de las locuras de aquel.
    Luego, como podrán adivinar, Pedro murió. Alguien había dicho que comenzó vomitando sangre y que terminó en una camilla de hospital cuando lo intubaban. Entonces mis males se intensificaron, los edificios se estrechaban a mi paso y tenía que hacer grandes esfuerzos para caminar entre ellos, me sentía como un loco haciéndome delgado, esquivando una saliente o una ventana que seguramente no estaba a centímetros de mí, sino a varios metros.
    No pude convencerme a mí mismo de pedir ayuda, todo era parte de un dolor muy profundo del que mi Consciente aun no tenía idea; con el duelo, con el pasar de los días todo emergería, lo asimilaría y entonces me curaría, era evidente. Igual busqué a Teo, mi buen amigo; tenía días de no verlo y seguro podía hallar un poco de consuelo en su compañía; además, ¿Él mismo no padecería el mal que me aquejaba?
    Le caí sin querer una tarde lluviosa. La calle me aterraba y la puerta de su casa cedió al recargarme en ella; fui a dar de panza en su suelo impecable, de azulejos verdes y bruñidos. Creí que mi entrada estruendosa le habría avisado de mi llegada, pero una música de piano era todo lo que me recibía. Algo me hizo avanzar en silencio, como si de pronto creyera de verdad en el cuento de Pedro. Revisé a hurtadillas las habitaciones repletas de cuadros, estatuillas, colgantes, hexagramas y demás cosas mágicas. Un olor a flores lo inundaba todo, como la música, que no se de donde venía.
    En el rincón de una de las habitaciones encontré un reloj de arena que me era familiar, una pieza exquisita, con bordes dorados y piedras incrustadas. Captó mi atención de una manera inexplicable, me atraía hacia sí como si fuese el embudo de un poderoso remolino.
    Bajo el objeto noté que sobresalía el ángulo de un papel. Papel fotográfico, el mismo que le di a Teo una tarde de farra y que metió amigablemente en su billetera; lo constaté cuando levanté la base del reloj: era mi retrato. Mi mente quedó un instante en blanco, todas mis ideas, mis emociones, la concepción misma que tenía de la realidad trataba de reordenarse. Poco a poco mi cerebro enviaba señales, mecanismos de defensa que eran más patadas de una mente ahogada: el estrés me había superado, estaba vulnerable, era una coincidencia, me decía.
    De pronto tuve la certeza de que el hilillo de arena en cascada era mi vida deslizándose ante mis propios ojos. Iba estrellar el objeto en la pared cuando lo escuché.
    –No te conviene hacer eso.
    Teo estaba a mi espalda. Me volví y lo confronté con la mirada. Tenía el torso desnudo, solo llevaba un pantalón de mezclilla azul, se secaba el cabello con una toalla blanca. Era Teo, pero no era Teo. El rostro se le veía horrible, arrugado y verdoso, con manchas amarillentas en algunas partes. Tenía una mirada desencajada que no era capaz de fijar en la mía. Tan pronto como me veía sus pupilas se desviaban, se le notaba un esfuerzo sobrehumano para dar a sus gestos la apariencia de ironía, de burla despectiva que lo caracterizaba.
    No me convenía estropear el reloj, detenerlo, voltearlo o quitar mi foto de la mesilla porque, según sus palabras, lo único que lograría sería perpetuar el estado miserable al que me hallaba reducido justo en ese momento, “con el mundo encima” como habría dicho Pedro. Más me valía, pues, dejar que el último grano de arena se deslizase para acompañar a los camaradas ya idos sin alargar la agonía.
    Yo había perdido la capacidad del habla, no pude responder, me veía obligado a escuchar mientras se vestía y colgaba a su cuello y brazos toda suerte de colguijes y pulseras, amuletos que lo iban devolviendo al Teo de siempre. Al final, al colocar el prendedor de un sol en su suéter, era el pulcro camarada, de rostro afable y carismático.
    –Tatá –dijo y se marchó.

    Dejé esa noche que la lluvia entrara por mi ventana y me empapara mientras esperaba lo peor, tirado en el suelo, viendo el cielo encenderse a cada relámpago. El muy maldito de Teo tenía relativamente poco de haber dado con esa reliquia, recordé haberlo acompañado cuando la adquirió. Lo maldije a él y maldije a la providencia que era capaz de otorgar esos poderes a unos mientras a otros nos dejaba en el desamparo. Me maldije a mí mismo por haber caído en esa especie de sortilegio que me presentaba horrendos a mis amigos muertos y casi perfecto a una persona al que Pedro señaló certeramente como un demonio. Les pedí perdón a los camaradas, que habrían tenido los mismos defectos que yo.
    En la oscuridad húmeda de mi habitación levanté mi foto y la rompí. Al final decidí permanecer en este mundo tal y como se me manifestase, por más que Teo no me creyera capaz. Intenté destrozar el reloj de arena en su casa, pero algo ahí me había robado toda la energía, apenas y pude rescatar mi retrato y abandonar ese pandemónium de mierda.
    Desde entonces, mis días los vivo uno a la vez.

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